Comprendo, sin duda, porque a la gente el trabajo de reportero de guerra le puede parecer increíble.
Para ser sinceros, yo nunca he experimentado tal profesión, aunque como se suele decir, no necesito que me peguen un tiro para saber que no me gusta. Por lo tanto y a la luz de la reciente confesión, no sé que capacidad moral tengo para opinar sobre este tema.
Como vergüenza no tengo, dejare a su juicio si hubiera o no debido callarme. Creo por lo tanto que con este tipo de profesiones se corre el peligro de caer en la nostalgia. De esto, tiene gran culpa maravillosos reporteros y escritores como De la Cuadra o Reverte. Con una maestría ejemplar adornaban y presentaban la “realidad” de tal forma, que todo era una maravillosa aventura. Incluso arrastrarse entre cadáveres y cristales se convertía en una calma chicha, antes de la esperada tormenta, que con avidez leemos, vemos o incluso imaginamos los ansiosos espectadores, los cuales protegidos por la distancia, tanto física como emocional, nos vemos reflejados en tan maravillosos aventureros.
Permítanme que dude que la realidad este tan narrativamente bien construida.
Qué pasa cuando un hilo de humo marca el punto exacto, donde antes que un agujero de bala, estuvo la cabeza de tu compañero y amigo.
De pié, al lado del cuerpo, se halla nuestro aventurero. No hay sirenas, no hay voces ni tiros. En una zona en conflicto armado te han matado por un motivo tan fútil como la mera supervivencia.
Ni una mano amiga arrastra a nuestro intrépido personaje, bajo arengas del tipo:
- ¡Corre coño! Ya nada puedes hacer, van a venir más.
No hay un fin dinámico para tal escena, y paralizado por la increíble visión, no le queda más que mearse encima por el miedo que siente.
Sin fuerzas para mover a su compañero, y oliendo el almizcle del aire cargado junto con las deposiciones del cadáver y las suyas propias, se pregunta…
¿Qué tiene de bueno esta profesión?
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